Los 87 del Bordo
- Arturo Montiel

- 7 ago 2023
- 7 Min. de lectura

𝐈
El joven minero se preparaba para ir a la fiesta de su novia en San Miguel Cerezo. Frente al espejo, daba los últimos toques a su atuendo. Con la mano derecha dejó sobre la repisa el peine mientras con la izquierda acomodaba el cuello de la camisa. Esto provocó que sin fijarse derribara al suelo una pequeña cajita de madera que desde que él era niño había estado en esa repisa, a los pies del retrato de un anciano que nunca conoció. Al estrellarse, la cajita se abrió, no contenía nada, sólo se podía ver el forro de tela amarillenta que debió ser blanca y brillante cuando era nueva. Sin saber por qué, la hizo a un lado con el pie, sin agacharse a levantarla, pues tenía prisa por salir de su casa en el barrio El Arbolito, de la ciudad minera Pachuca.
Al levantar la vista hacia el espejo, notó el rostro de su madre detrás de su propio reflejo, sobre su hombro. Lo miraba con reproche y algo de temor al mismo tiempo. Le pareció extraña la expresión de la mujer; creyendo que se había molestado por la caída del pequeño objeto, se agachó para levantarlo con rapidez. Al depositarlo sobre la repisa y voltear hacia la puerta de la habitación, la mujer ya no estaba. El joven sonrió aliviado, pues esperaba una recriminación por su descuido, pero, en vez de eso, escuchó desde algún lugar de la pequeña vivienda con techo de lámina la voz de su madre, como si viniera desde lejos, pues se entremezclaba con el ruido del viento fuerte que hacía rechinar el metal sobre su cabeza. Al notar el efecto de los sonidos confundidos, se sobresaltó un poco y, tratando de adivinar qué decían los susurros del viento, cerró lentamente la cajita, como temiendo ensuciar sus dedos con el polvo acumulado en ella por los años.
- Es muy tarde para que te vayas caminando hasta “el Cerezo”, creyó escuchar.
Caminó hasta la puerta y se detuvo al tiempo que preguntaba:
- ¿Qué dices?
La voz repitió, mientras el joven se giraba nuevamente hacia el espejo:
- Que ya es muy tarde, y hoy es 10 de marzo, es muy peligroso caminar a esta hora por la cañada de San Buenaventura.
Al escuchar la fecha mencionada por la cavernosa voz de su madre, el minero sintió la misma sensación desagradable que le producía desde niño el relato del incendio de la mina del Bordo, y sin querer, miró el retrato que descansaba sobre la repisa junto al espejo. Imágenes confusas de siluetas humanas que su imaginación infantil, y luego adolescente, había tratado de definir con alguna precisión sin conseguirlo nunca, aparecieron sobre el deslustrado cristal, deformando el rostro del anciano en una mueca desolada y repugnante al mismo tiempo. Parpadeó varias veces para terminar con aquella ilusión óptica que atribuyó al reflejo de la luz del foco que se bamboleaba en una viga de madera. No quería distraer su ánimo del momento agradable y tan esperado toda la semana sumido en las entrañas de la Bella Airosa, sacando escombro de oscuros túneles cansadamente. Trató de concentrarse en una sensación entusiasta para salir de su casa, pero, nuevamente, la voz de la madre lo sobresaltó produciéndole un escalofrió inesperado que, junto con el traqueteo de las láminas y el zumbido que se filtraba entre ellas, lo irritó fuertemente y lo hizo maldecir sus recuerdos… Miró de reojo la cajita y salió corriendo por la puerta del patio, para no pasar junto a su madre, que debía estar sentada en el roído sillón de la otra habitación, que servía de sala, comedor y cocina, de manera que no podría esquivarla por la puerta principal.
Sólo había que dar unos pasos para casi chocar de frente contra el cerro, pues el patio era un pequeño espacio que separaba la casa de aquél, sin división alguna entre ellos, y había que esquivar las piedras que se despeñaban de vez en cuando.. Así, que caminó hacia la esquina de la casa para poder brincar desde la angosta franja de cemento que la rodeaba y caer sobre el camino empedrado que se tomaba como calle.
El viento le sacudió la corbata, respiró profundamente, la metió entre los botones de la camisa y volteó hacia su casa: el rostro de su madre se recortaba contra la luz del marco, y a pesar de la oscuridad, la luz de la luna lo iluminaba un poco, dándole un efecto espeluznante que el joven más bien quiso imaginar como expresión de la angustia materna.
Comenzó a subir con la seguridad y el temor de que cuando llegara, sus zapatos estarían cubiertos de polvo y tal vez raspados inevitablemente, pues las piedras del camino acabarían con su deseo de sorprender a su novia con su apariencia impecable, ya que casi siempre se veían cuando ella lo visitaba en su trabajo, fuera de la mina, y lo veía con sus ropas sucias y las botas desgastadas.
𝐈𝐈
La luna se reflejaba sobre el charol de los zapatos, que iba palideciendo un poco a cada paso que daba el joven minero. Impotentemente, éste miraba como el reflejo lunar iba esfumándose confusamente en el polvo que subía cada vez más hasta la bastilla del pantalón. Concentrado en este pequeño detalle que, debido al sacrificio realizado durante semanas para poder comprar el calzado, alcanzó tanta importancia en su espíritu, no se dio cuenta del desvío tomado por sus pies sobre el camino.
Fue tarde cuando levantó la vista y alcanzó a ver las luces de la ciudad allá abajo, pues al instante sintió como las piedras del cerro empezaron a golpear todo su cuerpo. Las luces de la ciudad y de las estrellas se fundieron en un remolino vertiginoso mientras el joven caía rápidamente por la falda del cerro, seguido por el polvo apenas visible en la oscuridad, y dejando manchas de sangre en los picos rocosos… Así llegó al fondo del precipicio y quedó con el cuerpo tembloroso y magullado encima de una piedra. Respirando con dificultad apenas podía soportar el dolor de su cabeza, golpeada infinidad de veces; le ardían los ojos y sentía como si fueran a explotar. Miró hacia lo alto, la punta del cerro brillaba recortada por la luz de la luna y una neblina luminosa se percibía flotando espesamente.
𝐈𝐈𝐈
Cerró los ojos. Respiró profundamente mientras sentía el viento aullante rozar su cuerpo y creía escuchar de nuevo alguna voz lejana. Trató de pensar en las palabras de su madre pero se le escapaba el significado de lo que decía; en vez de eso, los susurros del viento tenían el sonido de voces masculinas, y lo que decían le parecía no sólo confuso, sino más bien aterrador.
- Aquí está el responsable de nuestra muerte. Es el ingeniero que provocó la tragedia.
Los enfurecidos silbidos del viento se transformaban en el eco de un coro lejano, en multitud de voces infernales y vociferantes. A pesar del dolor, el joven minero intentó abrir los ojos, pero los párpados le pesaban demasiado. Esperó inmóvil mientras se daba cuenta de que no era el viento lo que creyó escuchar en su agonía, sino verdaderas voces humanas aunque siniestras, como si salieran de lo más profundo de algún abismo…
Asustado por su descubrimiento, desesperadamente consiguió por fin levantar los párpados, y ahora, en vez de la punta del cerro, vio con infinito terror y desconcierto, sin alcanzar a comprender si estaba despierto, dormido o tal vez muerto, un grupo de lo que parecían ser cuerpos humanos vestidos como la mayoría de sus compañeros, es decir, creyó verse rodeado por mineros…
Su propio cuerpo no respondió a su ansiedad por ponerse de pie, estaba completamente congelado por el frío y el horror del espectáculo. El horror aumentó inconcebiblemente al percibir el repugnante olor que flotaba dentro del grupo que lo rodeaba, y alcanzó los límites de la resistencia humana cuando sintió como las manos duras, encallecidas y descarnadas de estos cadáveres repulsivos lo agarraban para desmembrarlo vivo sobre la piedra con rencor y odio infernales.
Al tiempo que sentía las tenazas en sus miembros, escuchó proveniente de algún punto un rugido vibrante que reverberó en el vació durante unos segundos, y creyó distinguir unas palabras:
- ¡Déjenlo! No es él… es mi nieto!
Una a una, en el silencio de la noche, las manos de aquellos espectros calcinados por el fuego soltaron el cuerpo del joven minero, sin perder la expresión rencorosa en sus rostros carcomidos y agusanados.
El minero casi pierde el juicio al recordar el retrato del anciano que desde niño le producía recelo y un miedo indefinible, pues no entendía cabalmente quién había sido. Y definitivamente creyó que lo perdería cuando el grupo se abrió para dejar pasar al ser más espantoso imaginado nunca por ningún ser humano. Era más alto y robusto que los demás, aun colgaban de sus hombros jirones de una camisa de mezclilla chamuscada y tiras de cuero en sus costados, en su cabeza portaba el mismo casco de la fotografía, ahora corroído por el óxido y la linterna esta partida en pedazos de cristal que caían cada vez que viento la tocaba. Un olor a quemado y carne podrida penetró la nariz del joven, y un brazo se alargó con la mano abierta.
- Toma esta cruz. Llévasela a tu madre. La voz que surgió de la quijada inmóvil como los mismos sonidos que escuchara entrar por las láminas del techo de su casa provocó que por fin un desmayo dejara perder la conciencia al minero caído.
𝐈𝐕
Nuevamente, algunas voces lo despertaron, pero, esta vez las reconoció a pesar de estar confundido y totalmente adolorido. Eran las voces de su madre y de su novia, quien había ido a buscarlo al día siguiente al ver que no llegó a su fiesta, preocupada porque anunciarían su compromiso esa misma noche.
Las voces sonaban ahora como el agua clara de un pequeño río, tranquilizantes y confortantes.
- Pensamos que te habías ido a la cantina con tus amigos. Te dije que era peligroso salir esta noche…
La madre no pudo seguir con su reprimenda, pues con terror y angustia descubrió sobre el pecho del minero el crucifijo que portaba su propio padre durante el incendio de la mina del Bordo…
Los 87 del Bordo 𝑒𝑠 𝑢𝑛𝑎 𝑎𝑑𝑎𝑝𝑡𝑎𝑐𝑖𝑜́𝑛 𝑜𝑟𝑖𝑔𝑖𝑛𝑎𝑙 𝑑𝑒 𝐽𝑜𝑠𝑒́ 𝑆𝑎́𝑛𝑐ℎ𝑒𝑧 𝑍𝑎𝑣𝑎𝑙𝑎 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑙𝑎 𝑝𝑎́𝑔𝑖𝑛𝑎 𝑑𝑒 𝐹𝑎𝑐𝑒𝑏𝑜𝑜𝑘 “𝑝𝑎𝑐ℎ𝑢𝑐𝑎𝑙𝑎𝑏𝑒𝑙𝑙𝑎𝑖𝑟𝑜𝑠𝑎”, 𝑏𝑎𝑠𝑎𝑑𝑎 𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑙𝑒𝑦𝑒𝑛𝑑𝑎 𝑡𝑟𝑎𝑑𝑖𝑐𝑖𝑜𝑛𝑎𝑙 𝑝𝑎𝑐ℎ𝑢𝑞𝑢𝑒𝑛̃𝑎.
𝒄𝒐𝒑𝒚𝒓𝒊𝒈𝒉𝒕 © 2023 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝒂𝒅𝒂𝒑𝒕𝒂𝒄𝒊𝒐́𝒏 𝑱𝒐𝒔𝒆́ 𝒔𝒂́𝒏𝒄𝒉𝒆𝒛 𝒁𝒂𝒗𝒂𝒍𝒂
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