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El Diablo de la Rica

  • Foto del escritor: Arturo Montiel
    Arturo Montiel
  • 7 ago 2023
  • 6 Min. de lectura

𝐄𝐋 𝐃𝐈𝐀𝐁𝐋𝐎 𝐃𝐄 𝐋𝐀 𝐑𝐈𝐂𝐀


I

El minero llegó a su casa cansado y con pocas ganas de hablar con su mujer. Esperaba comer pronto y acostarse a descansar sin más preocupaciones, pues las cosas en su trabajo estaban poniéndose muy graves. El día anterior hubo un derrumbe en el nivel donde él tenía su puesto y tal vez lo cerraran hasta nuevo aviso. Esto significaría que tendrían que descansarlo unos días si paga.




Con sorpresa vio cómo su esposa lo esperaba sonriente y que la comida ya estaba servida. Mientras comía, después de acomodar sus cosas en una silla reforzada con alambre, recibió la noticia causante de la alegría de la mujer. Pronto sería papá. Al escuchar esto, soltó el taco de sal sobre su plato, el caldo de frijoles negros salpicó el mantel tejido a mano por su suegra. Sin decir palabra salió enfurecido de la vivienda de madera del cerro de Cubitos; la puerta de madera casi se desprende de las tablas por la fuerza con que la azotó de golpe. No quiso voltear hacia su casa mientras bajaba por el camino de tierra hasta la cantina donde seguro encontraría algún compañero con quien emborracharse mientras le contaba sus penas, la cuales aumentaban cada día, pues la noticia significaba penurias en vez de felicidad debido a su precaria condición económica.


Al entrar descubrió a su compadre Andrés, quien ese día no había ido a la mina. Éste le contó la razón de su ausencia. En la mina La Rica de Real del Monte contrataban a todos los mineros que quisieran cambiar su plaza de la mina de San Juan, donde ellos trabajaban. El cambio significaba un pequeño aumento de salario, y caminar todas las noches hasta esa mina para economizar un poco, de lo contrario, no tendría caso gastar en pasajes, pues quedarían casi con la misma cantidad en el bolsillo cada día de paga. Sin pensarlo mucho, Juan decidió que haría lo mismo.




II




El camino por el cerro de Santa Apolonia se opacaba con lentitud mientras los compadres subían pisando piedras filosas unas, resbaladizas otras, los cerros se transformaban en sombras perfiladas contra un azul negruzco con matices pálidos, provocados por la débil luz de una luna tímida y empequeñecida como si temiera un acontecimiento aterrador.


Bromeando como era su costumbre cuando estaban sumidos en las entrañas de la tierra, rascándoselas para extraerle sus preciados minerales, no dejaban se sentirse atemorizados por el silencio de las estrellas apenas interrumpido intermitentemente por el silbido de un viento casi imperceptible. En todo el camino evitaron por instinto y sin ponerse de acuerdo comentar los rumores referentes a las cosas vistas en la mina que ahora sería su lugar de trabajo y su destino.


En las pausas de la conversación, Juan rememoraba las condiciones de vida futuras para su hijo por venir. Veía la miserable casa de madera construida desesperadamente por él y su suegro, pues su propio padre hacía tiempo perdió la vida en otro derrumbe. La benevolencia mostrada en ese momento por el anciano padre de su mujer lo había hecho sentir un compromiso mayor que el natural de un futuro esposo. Interrumpían sus ilusiones los “albures” escupidos sin sentido por su compadre, quien con el menor pretexto maldecía la oscuridad y los arbustos a la orilla del camino, pues el insignificante roce de una rama lo exasperaba y por esto empezaba con las “mentadas de madre” y alusiones a la progenitora del arbusto atrevido. Conforme se acercaban a su destino, una luminiscencia se iba asomando lentamente desde el suelo, hasta que finalmente pudieron contemplar desde lejos la silueta del malacate de la mina San José La Rica, en Real del Monte. Esta visión llegó a su conciencia junto con la determinación de mostrarle a su familia que a pesar de su carácter, endurecido por el trabajo pesado y el peligro constante, era también un buen hombre y por nada del mundo arriesgaría lo poco que tenía. Entraron al terreno plano en cuyo fondo se habían construido al pie del malacate las naves de doble techo y paredes con grandes ventanas de madera y alguna pequeña oficina en sus costados.




III


Después del descenso, ya en el interior del túnel asignado por la administración, los esperaban sus nuevos compañeros. Al terminar el recibimiento, les abrieron paso, sin disimular sonrisas y miradas cómplices, para que se dirigieran a su lugar. Caminaron unos cuantos metros internándose en la oscuridad iluminada por sus linternas con los demás mineros detrás de ellos, examinando las paredes para darse una idea de lo avanzada que pudiera estar la excavación. Esperando ver fragmentos de preciosos metales en bruto, en vez de eso, dieron un sobresaltado brinco hacia atrás al ver en una de estas paredes, sobre una roca grande que sobresalía solitaria, la figura de un siniestro ser que los miraba con malignidad insoportable. Al instante reventaron el silencio las carcajadas de los mineros, quienes los empujaban burlonamente hacia la espeluznante aparición petrificada.


Sin comprender que debían hacer, temblorosos intentaron seguir el camino, pero fueron detenidos en seco por uno de los mineros que se adelantó para cerrarles el paso.


- No tan rápido compañeros, primero debemos poner en su lugar a este desgraciado demonio para que nos deje trabajar en paz.


Y de pronto, los mineros se quitaron sus cinturones y empezaron a latiguear furiosamente la figura del demonio de largos cuernos y repugnante rostro, cuya sonrisa lujuriosa se retorcía con vida propia, haciendo muecas como si disfrutara la flagelación. Todos brincaban y gritaban en una danza frenética y alucinante, disparando el cuero y las hebillas contra la impávida roca, como si de verdad creyeran que la martirizaban, y apremiaban a los nuevos a seguirlos en el castigo inmisericorde.


Desconcertados, los compadres hicieron lo mismo, inseguros primero, pero, contagiados por el ritmo demencial del grupo, poco a poco aumentaron la rapidez y la fuerza de sus latigazos contra la cara del abominable monstruo incrustado en la roca. Aturdido por lo que hacía, Juan vio de nuevo pasar su vida y recordó rencorosamente lo que esperaba a su hijo si no mejoraba su miserable situación, golpeando con más fuerza cada vez al demonio, deseando descargar toda la rabia también incrustada en su alma. De pronto, sin querer, se detuvo, un mareo repentino le hizo ver que uno de los ojos del espectro se cerraba, haciéndole un guiño de burlonas amenazas, que en su confusión Juan tomó como súplicas de ultratumba.


Los demás se detuvieron, sudorosos y agotados acomodaron sus cinturones y señalaron el camino a los amigos para que iniciaran su turno.




IV




Fue hasta que recibieron su primera paga, cuando Juan se animó a contarle a su compadre lo que había visto su primer día de trabajo. Al escucharlo, aquel soltó una carcajada. Ya calmado, le explicó que seguramente había sido un pedazo de piedra desprendido por los golpes que cubrió el ojo del ya inofensivo demonio, pues así le parecía ahora la figura del “diablillo”. Con esta idea, Juan dejó de pasar con temor al lado de la demoniaca figura, concentrado en sus esfuerzos por conseguir un aumento de sueldo.




Una noche, el amigo no se presentó, pues seguramente había vuelto a caer en su afición por el pulque, creyó Juan. De manera que tuvo que trabajar solo todo el turno. De vez en cuando, un silbido suave proveniente de un desconocido lugar se escuchaba entre cada golpe del pico contra la roca. Este sonido hacía recordar a Juan el camino diario por el cerro durante la noche, sentía entonces la nostalgia de dormir con su mujer y su hijo, pues este nació un mes antes de lo previsto. Nuevamente cayó en la trampa de las recriminaciones y las preocupaciones. Se sentó en una piedra aprovechando que nadie se daba cuenta y comenzó a llorar sin querer. El aumento de salario no llegaba.




Al terminar sus lamentos, el silencio se volvió denso como el vapor de las máquinas; absurdamente, con los ojos nublados, Juan imaginó que de verdad el túnel se llenaba de gases blancuzcos. Se los restregó, esperando que fuera el efecto de sus lágrimas. Con las manos todavía frente a la cara, quedó paralizado, petrificado como todo lo que le rodeaba. Ante él, flotaba en el aire la misma figura que debía estar en la roca martirizada con cinturonazos.




𝑪𝒐𝒏𝒕𝒊𝒏𝒖𝒂𝒓𝒂́...


EL DIABLO DE LA RICA 𝑒𝑠 𝑢𝑛𝑎 𝑎𝑑𝑎𝑝𝑡𝑎𝑐𝑖𝑜́𝑛 𝑜𝑟𝑖𝑔𝑖𝑛𝑎𝑙 𝑑𝑒 𝐽𝑜𝑠𝑒́ 𝑆𝑎́𝑛𝑐ℎ𝑒𝑧 𝑍𝑎𝑣𝑎𝑙𝑎 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑙𝑎 𝑝𝑎́𝑔𝑖𝑛𝑎 𝑑𝑒 𝐹𝑎𝑐𝑒𝑏𝑜𝑜𝑘 “𝑝𝑎𝑐ℎ𝑢𝑐𝑎𝑙𝑎𝑏𝑒𝑙𝑙𝑎𝑖𝑟𝑜𝑠𝑎”, 𝑏𝑎𝑠𝑎𝑑𝑎 𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑙𝑒𝑦𝑒𝑛𝑑𝑎 𝑡𝑟𝑎𝑑𝑖𝑐𝑖𝑜𝑛𝑎𝑙 𝑝𝑎𝑐ℎ𝑢𝑞𝑢𝑒𝑛̃𝑎.


𝒄𝒐𝒑𝒚𝒓𝒊𝒈𝒉𝒕 © 2023 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝒂𝒅𝒂𝒑𝒕𝒂𝒄𝒊𝒐́𝒏 𝑱𝒐𝒔𝒆́ 𝒔𝒂́𝒏𝒄𝒉𝒆𝒛 𝒁𝒂𝒗𝒂𝒍𝒂


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